En TLC, con Trump, riesgo de perder-perder

La imprudencia suele preceder a la calamidad

Apiano

 

Rodolfo Torres Velázquez

 

La renegociación del Tratado de Libre Comercio (TLC) entre Canadá, Estados Unidos (EU) y México vive ahora, en su cuarta ronda, momentos cruciales.  La promesa de campaña de Donald Trump de darle la vuelta a ese tratado, es la causa de sus amenazas de rompimiento si los resultados de la negociación no le satisfacen. Aunque una eventual rotura del TLC afectaría a nuestro país, diversas cifras indican que ninguna de las partes resultaría indemne.

Nuestra economía depende en más de un 68% del comercio exterior, y de ese monto casi el 64% depende del intercambio comercial con los EU. Desde la firma del TLC (en 1994), nuestro intercambio comercial se ha multiplicado por casi 6 veces (a 2015).

Conviene recordar que, bajo el TLC, los 3 países no hacen pago alguno de impuestos por la mayoría de los bienes que cruzan su frontera común. Si el TLC se quebrase, habría que pagar impuestos por el intercambio de diversos bienes. Pero ese incremento afectaría a todas las partes. Para algunos bienes alcanzaría hasta 150% de aumento. En ausencia del TLC los intercambios ocurrirían bajo las reglas de la Organización Mundial del Comercio. Bajo esa hipótesis, los EU afrontarían incrementos, por la exportación de sus productos, de, por ejemplo, 25% en carne y de 75% en pollo y papas. En cambio, los bienes que México exporta tendrían un incremento promedio del 3.5%. Esos incrementos los pagarían, a final de cuentas, los consumidores; en mayor medida los estadounidenses.

Desde el punto de vista fronterizo la afectación también sería mayor para aquel país. A través de nuestra frontera norte se comercializa un millón de dólares cada minuto, mil millones de dólares por día. El 70% del total de comercio exterior entre México y los EU se lleva a cabo por esa frontera común.

Como sabemos, a ambos lados de nuestra frontera norte hay 10 estados: cuatro del lado norteamericano (Texas, Nuevo México, Arizona y California) y seis del lado mexicano (Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila, Chihuahua, Sonora y Baja California). La población en esas 10 entidades es cercana a los 100 millones de habitantes (78 del lado norteamericano y casi 22 del lado mexicano).

Desde el punto de vista económico, sus 4 entidades fronterizas le aportan a los EU el 25% de su producto interno bruto (destacadamente California y Texas con el 14.1 y el 8.8 porciento). A México, sus 6 entidades fronterizas le proveen del 23%. La zona fronteriza es, por sí misma, la cuarta economía regional más importante del mundo.

Por otra parte, México ocupa el primero y segundo lugar como mercado de exportación para 21 estados de la Unión Americana, desde Colorado a Ohio. Como puede verse, la eventual conclusión del TLC, afectaría fuertemente a esos estados, aunque en mayor medida a California y Texas, que ocupan el primero y segundo lugar en la economía de ese país.

A lo anterior hay que sumar que las cadenas productivas entre México y los EU, en particular en las industrias automotriz, aeronáutica y electrónica, están fuertemente arraigadas (destacan los casos de Ford y Boeing). Esos encadenamientos hacen posible que las importaciones que hace Estados Unidos de México tengan un 40% de contenido norteamericano. Además, esos enlaces productivos hacen viable alcanzar precios que los vuelven competitivos con los que ofrecen otras regiones del mundo. Un rompimiento, incrementaría los precios de esos productos en detrimento de la competitividad.

En términos geopolíticos, la firma del TLC trajo consigo nuestra reubicación en el mapa mundial. Desde nuestra localización Centroamericana nos trasladamos a la región de América del Norte. Con ello, las fronteras de ese nuevo espacio comercial (y su seguridad regional), se ubicaron en las fronteras de Canadá y México. De ahí que la frontera sur de México se convirtiera, paulatinamente, en un filtro clave para quienes, desde Centro y Sudamérica, desean llegar a los EU. Ello explica también, en algún grado, nuestro giro diplomático más proclive ahora a privilegiar nuestra relación con la América del Norte que nuestra añeja actuación en el espacio Latinoamericano.

Pero nuestro eventual alejamiento del mercado común norteamericano también tendría implicaciones para el entramado de seguridad nacional de los EU. Un eventual rompimiento de nuestro tratado comercial, obligaría a ese país a focalizar su interés en su línea divisoria sur, pues se convertiría en su última frontera. Al hacerlo, distraería su atención de otras latitudes. Bajo cualquier escenario, es más conveniente para los EU tener acuerdos de colaboración con México en aras de fortalecer su seguridad nacional.

Por último, no hay que olvidar que México ha signado diversos acuerdos de Libre Comercio con Europa y con Asia. Un eventual rompimiento del TLC haría más atractivos nuestros intercambios con esas regiones del mundo.

En la mesa de negociación, Trump no sólo deberá afrontar los planteamientos de sus contrapartes, deberá, además, sobreponerse a la constatación, de cada vez más amplios sectores norteamericanos, de su incapacidad para cumplir con sus promesas (así lo muestran las fallidas reformas en migración, salud, e impuestos, para las que ahora lanza medidas ejecutivas que sólo derruyen acuerdos previos), y a la cada vez más extendida apreciación de que su habilidad como negociador está muy alejada de sus alardes. En suma, a la percepción de que se ha vuelto un riesgo para la economía y la seguridad de su país.

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